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Trastorno Límite de la Personalidad: ¿qué es?

Foto del escritor: Amal Salomon
Amal Salomon
14 ago
4 min de lectura

El Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) es, junto con el TID y el TEPT-C que ya recorrimos en esta serie, uno de los cuadros más frecuentemente asociados a historias de trauma temprano — y también uno de los más atravesados por el estigma. Empecemos, como en cada artículo de esta serie, por su definición clínica formal.

Definición según el DSM-5

El DSM-5 caracteriza al TLP como un patrón persistente de inestabilidad en las relaciones interpersonales, la autoimagen y los afectos, junto con una marcada impulsividad, que comienza en la adultez temprana y se manifiesta en diversos contextos de la vida de la persona. El diagnóstico requiere la presencia de al menos cinco de nueve criterios posibles, entre los que se incluyen: esfuerzos desesperados para evitar el abandono real o imaginado; un patrón de relaciones inestables e intensas caracterizado por la alternancia entre la idealización y la devaluación; alteración de la identidad con una autoimagen inestable; impulsividad en al menos dos áreas potencialmente dañinas (gastos, sexo, consumo de sustancias, conducción temeraria, atracones); comportamiento suicida recurrente o autolesiones; inestabilidad afectiva; sentimientos crónicos de vacío; ira intensa e inapropiada; e ideación paranoide transitoria relacionada con el estrés o síntomas disociativos graves.

Una prevalencia mayor de lo que se suele asumir

Los datos epidemiológicos ubican la prevalencia del TLP a lo largo de la vida en torno al 5.9% de la población adulta en Estados Unidos (Grant et al., 2008) — una cifra considerablemente más alta que la que suele manejarse en el imaginario popular, donde el TLP aparece representado como un diagnóstico raro o extremo. Vale la pena aclarar también un dato relevante sobre su distribución por género: si bien las muestras clínicas muestran una clara mayoría de mujeres diagnosticadas, estudios epidemiológicos en población general han encontrado una distribución mucho más pareja entre hombres y mujeres, lo cual ha llevado a plantear que podría existir un sesgo en cómo se diagnostica el trastorno según el género de quien consulta, más que una diferencia real en su prevalencia de base.

Un diagnóstico en el centro de un debate clínico activo

El TLP ocupa un lugar particular dentro de esta serie de artículos, porque su relación con el TEPT-C —que abordamos en la serie anterior— es objeto de un debate científico activo y todavía no resuelto del todo. Investigaciones recientes encontraron que, en muestras de personas con antecedentes de trauma múltiple, aproximadamente la mitad de quienes cumplen criterios para TEPT-C también cumplen criterios para TLP (Ford & Courtois, 2021), lo cual ha llevado a preguntarse si se trata de dos entidades genuinamente distintas o de una superposición conceptual entre dos formas de clasificar fenómenos clínicos similares.

Qué distingue realmente a ambos cuadros

Estudios que compararon directamente los perfiles sintomáticos de ambos trastornos encontraron que ciertos síntomas permiten diferenciarlos con bastante claridad: los esfuerzos frenéticos por evitar el abandono, la inestabilidad marcada de la autoimagen, la inestabilidad e intensidad de las relaciones interpersonales, y la impulsividad aumentan significativamente la probabilidad de que se trate de un cuadro de TLP más que de TEPT-C (Jowett et al., 2020). Un panel de expertos internacionales, convocado específicamente para clarificar esta distinción, concluyó que ambos diagnósticos, aunque comparten rasgos superpuestos como la desregulación afectiva y las dificultades interpersonales, representan constructos clínicos distinguibles con implicancias distintas para el tratamiento (Karatzias et al., 2023).

Por qué esta distinción importa en la práctica clínica

Lejos de ser una discusión meramente académica, distinguir correctamente entre TLP, TEPT-C y sus posibles superposiciones tiene consecuencias directas sobre el tratamiento: el abordaje de referencia para el TLP —la Terapia Dialéctico-Conductual— presenta un énfasis particular en la regulación emocional y el manejo de la impulsividad que, si bien comparte elementos con el tratamiento del trauma complejo, no es exactamente equivalente. Un diagnóstico impreciso puede derivar en un tratamiento que no aborde adecuadamente el núcleo del malestar de la persona.


Referencias

American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.). https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425787

 

Ford, J. D., & Courtois, C. A. (2021). Complex PTSD and borderline personality disorder. Borderline Personality Disorder and Emotion Dysregulation, 8, 16. https://doi.org/10.1186/s40479-021-00155-9

 

Grant, B. F., Chou, S. P., Goldstein, R. B., Huang, B., Stinson, F. S., Saha, T. D., Smith, S. M., Dawson, D. A., Pulay, A. J., Pickering, R. P., & Ruan, W. J. (2008). Prevalence, correlates, disability, and comorbidity of DSM-IV borderline personality disorder: Results from the Wave 2 National Epidemiologic Survey on Alcohol and Related Conditions. Journal of Clinical Psychiatry, 69(4), 533–545. https://doi.org/10.4088/JCP.v69n0404

 

Jowett, S., Karatzias, T., Shevlin, M., & Albert, I. (2020). Differentiating symptom profiles of ICD-11 PTSD, complex PTSD, and borderline personality disorder: A latent class analysis in a multiply traumatized sample. Personality Disorders: Theory, Research, and Treatment, 11(1), 36–45. https://doi.org/10.1037/per0000346

 

Karatzias, T., Bohus, M., Shevlin, M., Hyland, P., Bisson, J. I., Roberts, N. P., Cloitre, M., & Ford, J. D. (2023). Distinguishing between ICD-11 complex post-traumatic stress disorder and borderline personality disorder: Clinical guide and recommendations for future research. British Journal of Psychiatry, 223, 403–406.

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